domingo, 4 de diciembre de 2011

El Cristo de la Agon�a - Tradiciones Peruanas

El Cristo de la Agon�a
(Al doctor Alcides Destruge)


I


San Francisco de Quito, fundada en agosto de 1534 sobre las ruinas de la antigua capital de los Scyris, posee hoy una poblaci�n de 70.000 habitantes y se halla situada en la falda oriental del Pichincha o monte que hierve.


El Pichincha descubre a las investigadoras miradas del viajero dos grandes cr�teres, que sin duda son resultado de sus vanas erupciones. Presenta tres picachos o respiraderos notables, conocidos con los nombres del Rucu-Pichincha o Pichincha Viejo, el Guagua-Pichincha o Pichincha Ni�o, y el Cundor-Guachana o Nido de C�ndores. Despu�s del Sangay, el volc�n m�s activo del mundo y que se encuentra en la misma patria de los Scyris, a inmediaciones de Riobamba, es indudable que el Rucu-Pichincha es el volc�n m�s temible de Am�rica. La historia nos ha transmitido s�lo la noticia de sus erupciones en 1534, 1539, 1577, 1588, 1660 y 1662. Casi dos siglos hab�an transcurrido sin que sus torrentes de lava y rudos estremecimientos esparciesen el luto y la desolaci�n, y no faltaron ge�logos que creyesen que era ya un volc�n sin vida. Pero el 22 de marzo de 1859 vino a desmentir a los sacerdotes de la ciencia. La pintoresca
Quito qued� entonces casi destruida. Sin embargo, como el cr�ter principal del Pichincha se encuentra al Occidente, su lava es lanzada en direcci�n de los desiertos de Esmeraldas, circunstancia salvadora para la ciudad que s�lo ha sido v�ctima de los sacudimientos del gigante que la sirve de atalaya. De desear ser�a, no obstante, para el mayor reposo de su moradores, que se examinase hasta qu� punto es fundada la opini�n del bar�n de Humboldt, quien afirma que el espacio de seis mil trescientas millas cuadradas alrededor de Quito encierra las materias inflamables de un solo volc�n.


Para los hijos de la Am�rica republicana, el Pichincha simboliza una de las m�s bellas p�ginas de la gran epopeya de la revoluci�n. A las faldas del volc�n tuvo lugar el 24 de mayo de 1822 la sangrienta batalla que afianz� para siempre la independencia de Colombia.


�Bendita seas, patria de valientes, y que el genio del porvenir te reserve horas m�s felices que las que forman tu presente! A orillas del pintoresco Guayas me has brindado hospitalario asilo en los d�as de la proscripci�n y del infortunio. Cumple a la gratitud del peregrino no olvidar nunca la fuente que apag� su sed, la palmera que le brind� frescor y sombra, y el dulce oasis donde vio abrirse un horizonte a su esperanza.


Por eso vuelvo a tomar mi pluma de cronista para sacar del polvo del olvido una de tus m�s bellas tradiciones, el recuerdo de uno de tus hombres m�s ilustres, la historia del que con las inspiradas revelaciones de su pincel alcanz� los laureles del genio, como Olmedo con su hom�rico canto la inmortal corona del poeta.


II


Ya lo he dicho. Voy a hablaros de un pintor: de Miguel de Santiago.


El arte de la pintura, que en los tiempos coloniales ilustraron Antonio Salas, Gor�var, Morales y Rodr�guez, est� encarnado en los magn�ficos cuadros de nuestro protagonista, a quien debe considerarse como el verdadero maestro de la escuela quite�a. Como las creaciones de Rembrandt y de la escuela flamenca se distinguen por la especialidad de las sombras, por cierto misterioso claroscuro y por la feliz disposici�n de los grupos, as� la escuela quite�a se hace notar por la viveza del colorido y la naturalidad. No busqu�is en ella los refinamientos del arte, no pretend�is encontrar gran correcci�n en las l�neas de sus Madonnas; pero si am�is lo po�tico como el cielo azul de nuestros valles, lo melanc�licamente vago como el yarav� que nuestros indios cantan acompa�ados de las sentimentales armon�as de la quena, contemplad en nuestros d�as las obras de Rafael Salas, Cadenas o Carrillo.


El templo de la Merced, en Lima, ostenta hoy con orgullo un cuadro de Anselmo Y��ez. No se halla en sus detalles el estilo quite�o en toda su extensi�n; pero el conjunto revela bien que el artista fue arrastrado en mucho por el sentimiento nacional.


El pueblo quite�o tiene el sentimiento del arte. Un hecho bastar� a probarlo. El convento de San Agust�n adorna sus claustros con catorce cuadros de Miguel de Santiago, entre los que sobresale uno de grandes dimensiones, titulado La genealog�a del santo Obispo de Hipona. Una ma�ana, en 1857, fue robado un pedazo del cuadro que conten�a un hermoso grupo. La ciudad se puso en alarma y el pueblo todo se constituy� en pesquisidor. El cuadro fue restaurado. El ladr�n hab�a sido un extranjero comerciante en pinturas.


Pero ya que, por incidencia, hemos hablado de los catorce cuadros de Santiago que se conservan en San Agust�n, cuadros que se distinguen por la propiedad del colorido y la majestad de la concepci�n, esencialmente el del Bautismo, daremos a conocer al lector la causa que los produjo y que, como la mayor parte de los datos biogr�ficos que apuntamos sobre este gran artista, la hemos adquirido de un notable art�culo que escribi� el poeta ecuatoriano don Juan Le�n Mera.


Un oidor espa�ol encomend� a Santiago que le hiciera su retrato. Concluido ya, parti� el artista para un pueblo llamado Gu�pulo, dejando el retrato al sol para que se secara, y encomendando el cuidado de �l a su esposa. La infeliz no supo impedir que el retrato se ensuciase, y llam� al famoso pintor Gor�var, disc�pulo y sobrino de Miguel, para que reparase el da�o. De regreso Santiago, descubri� en la articulaci�n de un dedo que otro pincel hab�a pasado sobre el suyo. Confes�ronle la verdad.


Nuestro artista era de un geniazo m�s atufado que el mar cuando le duele la barriga y le entran retortijones. Encolerizose con lo que cre�a una profanaci�n, dio de cintarazos a Gor�var y reban� una oreja a su pobre consorte. Acudi� el oidor y lo reconvino por su violencia. Santiago, sin respeto a las campanillas del personaje, arremetiole tambi�n a estocadas. El oidor huy� y entabl� acusaci�n contra aquel furioso. Este tom� asilo en la celda de un fraile; y durante los catorce meses que dur� su escondite pint� los catorce cuadros que embellecen los claustros agustinos. Entre ellos merece especial menci�n, por el diestro manejo de las tintas, el titulado Milagro del peso de las ceras. Se afirma que una de las figuras que en �l se hallan es el retrato del mismo Miguel de Santiago.


III


Cuando Miguel de Santiago volvi� a aspirar el aire libre de la ciudad natal, su esp�ritu era ya presa del ascetismo de su siglo. Una idea abrasaba su cerebro: trasladar al lienzo la suprema agon�a de Cristo.


Muchas veces se puso a la obra; pero, descontento de la ejecuci�n, arrojaba la paleta y romp�a el lienzo. Mas no por esto desmayaba en su idea.


La fiebre de la inspiraci�n lo devoraba; y sin embargo, su pincel era rebelde para obedecer a tan poderosa inteligencia y a tan decidida voluntad. Pero el genio encuentra el medio de salir triunfador.


Entre los disc�pulos que frecuentaban el taller hall�base un joven de bell�sima figura. Miguel crey� ver en �l el modelo que necesitaba para llevar a cumplida realizaci�n su pensamiento.


H�zolo desnudar, y colocolo en una cruz de madera. La actitud nada ten�a de agradable ni de c�moda. Sin embargo, en el rostro del joven se dibujaba una ligera sonrisa.


Pero el artista no buscaba la expresi�n de la complacencia o del indiferentismo, sino la de la angustia y el dolor.


-�Sufres?-preguntaba con frecuencia a su disc�pulo.


-No, maestro -contestaba el joven, sonriendo tranquilamente.


De repente Miguel de Santiago, con los ojos fuera de sus �rbitas, erizado el cabello y lanzando una horrible imprecaci�n, atraves� con una lanza el costado del mancebo.


�ste arroj� un gemido y empezaron a reflejarse en su rostro las convulsiones de la agon�a.


Y Miguel de Santiago, en el delirio de la inspiraci�n, con la locura fan�tica del arte, copiaba la mortal congoja; y su pincel, r�pido como el pensamiento, volaba por el terso lienzo.


El moribundo se agitaba, clamaba y retorc�a en la cruz; y Santiago, al copiar cada una de sus convulsiones, exclamaba con creciente entusiasmo:


-�Bien! �Bien, maestro Miguel! �Bien, muy bien, maestro Miguel!


Por fin el gran artista desata a la v�ctima; vela ensangrentada y ex�nime; p�sase la mano por la frente como para evocar sus recuerdos, y como quien despierta de un sue�o fatigoso, mide toda la enormidad de su crimen y, espantado de s� mismo, arroja la paleta y los pinceles, y huye precipitadamente del taller.


�El arte lo hab�a arrastrado al crimen!


Pero su Cristo de la Agon�a estaba terminado.


IV


�ste fue el �ltimo cuadro de Miguel de Santiago. Su sobresaliente m�rito sirvi� de defensa al artista, quien despu�s de largo juicio obtuvo sentencia absolutoria.


El cuadro fue llevado a Espa�a. �Existe a�n, o se habr� perdido por la notable incuria peninsular? Lo ignoramos.


Miguel de Santiago, atacado desde el d�a de su crimen art�stico de frecuentes alucinaciones cerebrales, falleci� en noviembre de 1673, y su sepulcro est� al pie del altar de San Miguel en la capilla del Sagrario.

Don Dimas de la Tijereta - Tradiciones Peruanas

D. Dimas de la Tijereta
Cuento de viejas que trata de c�mo un escribano le gan� un pleito al diablo




I


�rase que se era y el mal que se vaya y el bien se nos venga, que all� por los primeros a�os del pasado siglo exist�a, en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada ciudad de los Reyes del Per�, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroniana, pluma de ganso u otra ave de rapi�a, tintero de cuerno, greg�escos de pa�o azul a media pierna, jub�n de tirita�a y capa espa�ola de color parecido a Dios en lo incomprensible, y que le hab�a llegado por leg�tima herencia pasando de padres a hijos durante tres generaciones.


Conoc�ale el pueblo por tocayo del buen ladr�n a quien Don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombr�base D. Dimas de la Tijereta, escribano de n�mero de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se hab�a quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gast� en breve la poca que trajo al mundo.


Dec�ase de �l que ten�a m�s trastienda que un bodeg�n, m�s cam�ndulas que el rosario de Jerusal�n que cargaba al cuello, y m�s doblas de a ocho, fruto de sus triqui�uelas, embustes y trocatintas, que las que cab�an en el �ltimo gale�n que zarp� para C�diz y de que daba cuenta la Gaceta. Acaso fue por �l por quien dijo un caquiversista lo de �Un escribano y un gato en un pozo se cayeron, como los dos ten�an u�as por la pared se subieron�.


Fama es que a tal punto hab�anse apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberla creado. Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habr�a exclamado con sorpresa:
�Dimas, �qu� has hecho del alma que te di?�.


Ello es que el escribano, en punto a picard�as era la flor y nata de la gente del oficio, y que si no ten�a el malo por donde desecharlo, tampoco el �ngel de la guarda hallar�a


asidero a su esp�ritu para transportarlo al cielo cuando le llegara el lance de las postrimer�as.


Cuentan de su merced que siendo mayordomo del gremio, en una fiesta costeada por los escribanos, a la mitad del serm�n acert� a caer un gato desde la cornisa del templo, lo que perturb� al predicador y arremolin� al auditorio. Pero D. Dimas restableci� al punto la tranquilidad, gritando: �No hay motivo para barullo, caballeros. Adviertan que el que ha ca�do es un cofrade de esta ilustre congregaci�n, que ciertamente ha delinquido en venir un poco tarde a la fiesta. Siga ahora su reverencia con el serm�n�.


Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerci� sobre la tierra el mismo oficio o profesi�n; pero ni en el martirologio romano existe santo que hubiera sido escribano, pues si lo fue o no lo fue San Aproniano est� todav�a en veremos y proveeremos. Los pobrecitos no tienen en el cielo camarada que por ellos interceda.


Mala pascua me d� Dios, y sea la primera que viniere, o d�me longevidad de elefante con salud de enfermo, si en el retrato, as� f�sico como moral, de Tijereta, he tenido voluntad de jabonar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofrad�a del ante m� y el certifico. Y hago esta salvedad digna de un lego confitado, no tanto en descargo de mis culpas, que no son pocas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de an�s, cuanto porque esa es gente de mucha enjundia con la que ni me tiro ni me pago, ni le debo ni le cobro. Y basta de dibujos y requilorios, y andar andillo, y siga la zambra, que si Dios es servido, y el tiempo y las aguas me favorecen, y esta conseja cae en gracia, cuentos he de enjaretar a porrillo y sin m�s intervenci�n de cartulario. Ande la rueda y coz con ella.


II


No s� qui�n sostuvo que las mujeres eran la perdici�n del g�nero humano, en lo cual, m�a la cuenta si no dijo una bellaquer�a gorda como el pu�o. Siglos y siglos hace que a la pobre Eva le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Ad�n, que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente; y eso que, en Dios y en mi �nima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario. �Bonita disculpa la de su merced el padre Ad�n! En nuestros d�as la disculpa no lo salvaba de ir a presidio, mag�er barrunto que para prisi�n basta y sobra con la vida asaz trabajosa y aporreada que algunos arrastramos en este valle de l�grimas y pellejer�as. Aceptemos tambi�n los hombres nuestra parte de responsabilidad en una tentaci�n que tan buenos ratos proporciona, y no hagamos cargar con todo el mochuelo al bello sexo.


�Arriba, piernas, arriba, zancas! En este mundo todas son trampas.


No faltar� quien piense que esta digresi�n no viene a cuento. �Pero vaya si viene! Como que me sirve nada menos que para informar al lector de que Tijereta dio a la vejez, �poca en que hombres y mujeres huelen, no a patchoul�, sino a cera de bien morir, en la peor tontuna en que puede dar un viejo. Se enamor� hasta la coronilla de Visitaci�n, gentil muchacha de veinte primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mism�simo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de m�rame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y m�s matadores que espada y basto.
�Cuando yo digo que la moza era un pimpollo a carta cabal!


No embargante que el escribano era un abejorro recatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso dome�ar a la chica a fuerza de agasajos; y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaban un ojo de la cara. Pero mientras m�s derrochaba Tijereta, m�s distante ve�a la hora en que la moza hiciese con �l una obra de caridad, y esta resistencia tra�alo al retortero.


Visitaci�n viv�a en amor y compa�a con una t�a, vieja como el pecado de gula, a quien a�os m�s tarde encoroz� la Santa Inquisici�n por rufiana y encubridora, haci�ndola pasear las calles en bestia de albarda, con chilladores delante y zurradores detr�s. La maldita zurcidora de voluntades no cre�a, como Sancho, que era mejor sobrina mal casada que bien abarraganada; y endoctrinando p�caramente con sus tercer�as a la muchacha, result� un d�a que el pernil dej� de estarse en el garabato por culpa y travesura de un p�caro gato. Desde entonces si la t�a fue el anzuelo, la sobrina, mujer completa ya seg�n las ordenanzas de birlibirloque, se convirti� en cebo para pescar maravedises a m�s de dos y m�s de tres acaudalados hidalgos de esta tierra.


El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitaci�n, y despu�s de notificarla un saludo, pasaba a exponerla el alegato de bien probado de su amor. Ella le o�a cort�ndose las u�as, recordando a alg�n boquirrubio que la ech� flores y piropos al salir de la misa de la parroquia, diciendo para su sayo: �Babazorro, arr�pate que sudas, y l�mpiate que est�s de huevo�, o canturriando:


�No pierdas en m� balas, carabinero,
porque yo soy paloma de mucho vuelo.
Si quieres que te quiera me has de dar antes
aretes y sortijas, blondas y guantes�.


Y as� atend�a a los requiebros y caranto�a de Tijereta, como la piedra berroque�a a los chirridos del cristal que en ella se rompe. Y as� pasaron meses hasta seis, aceptando Visitaci�n los alboroques, pero sin darse a partido ni revelar intenci�n de cubrir la libranza, porque la muy taimada conoc�a a fondo la influencia de sus hechizos sobre el coraz�n del cartulario.


Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana.


III


Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitaci�n, o, lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenole ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herej�a, que a ella y no a otra se asemejaba D. Dimas. Mal perge�ado sali� �ste, y lo negro de su desventura no era para menos, de casa de la muchacha; y andando, andando, y perdido en sus cavilaciones, se encontr�, a obra de las doce, al pie del cerrito de las Ramas. Un vientecillo retoz�n, de esos que andan pre�ados de romadizos, refresc� un poco su cabeza, y exclam�:


-Para mi santiguada que es traj�n el que llevo con esa fregona que la da de honesta y marisabidilla, cuando yo me s� de ella milagros de m�s calibre que los que reza el Flos- Sanctorum. �Venga un diablo cualquiera y ll�vese mi almilla en cambio del amor de esa caprichosa criatura!


Satan�s, que desde los antros m�s profundos del infierno hab�a escuchado las palabras del plumario, toc� la campanilla, y al reclamo se present� el diablo Lilit. Por si mis lectores no conocen a este personaje, han de saberse que los demon�grafos, que andan a vueltas y tornas con las Clav�culas de Salom�n, libros que leen al resplandor de un carbunclo, afirman que Lilit, diablo de bonita estampa, muy zalamero y decidor, es el correvedile de Su Majestad Infernal.


-Ve, Lilit, al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que all� encontrar�s, y que abriga tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Conc�dele cuanto te pida y no te andes con regateos, que ya sabes que no soy taca�o trat�ndose de una presa.


Yo, pobre y mal tra�do narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores acerca de la entrevista entre Lilit y D. Dimas, porque no hubo taqu�grafo a mano que se encargase de copiarla sin perder punto ni coma. �Y es l�stima, por mi fe! Pero baste saber que Lilit, al regresar al infierno, le entreg� a Satan�s un pergamino que, f�rmula m�s o menos, dec�a lo siguiente:


�Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesi�n de una mujer. �tem, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres a�os�. Y aqu� segu�an las firmas de las altas partes contratantes y el sello del demonio.


Al entrar el escribano en su tugurio, sali� a abrirle la puerta nada menos que Visitaci�n, la desde�osa y remilgada Visitaci�n, que ebria de amor se arroj� en los brazos de Tijereta. Cual es la campana, tal la badajada.


Lilit hab�a encendido en el coraz�n de la pobre muchacha el fuego de Lais, y en sus sentidos la desvergonzada lubricidad de Mesalina. Doblemos esta hoja, que de suyo es peligroso extenderse en pormenores que pueden tentar al pr�jimo labrando su condenaci�n eterna, sin que le valgan la bula de Meco ni las de composici�n.


IV


Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, pasaron, d�a por d�a, tres a�os como tres berenjenas, y lleg� el d�a en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Arrastrado por una fuerza superior y sin darse cuenta de ello, se encontr� en un verbo transportado al cerro de las Ramas, que hasta en eso fue el diablo puntilloso y quiso ser pagado en el mismo sitio y hora en que se extendi� el contrato.


Al encararse con Lilit, el escribano empez� a desnudarse con mucha flema, pero el diablo le dijo:


-No se tome vuesa merced ese trabajo, que maldito el peso que aumentar� a la carga la tela del traje. Yo tengo fuerzas para llevarme a usarced vestido y calzado.


-Pues sin desnudarme, no caigo en el c�mo sea posible pagar mi deuda.


-Haga usarced lo que le plazca, ya que todav�a le queda un minuto de libertad.


El escribano sigui� en la operaci�n hasta sacarse la almilla o jub�n interior, y pas�ndola a Lilit le dijo:


-Deuda pagada y venga mi documento.


Lilit se ech� a re�r con todas las ganas de que es capaz un diablo alegre y truh�n.


-Y �qu� quiere usarced que haga con esta prenda?


-�Toma! Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado. Carta canta. Repase usarced, se�or diabol�n, el contrato, y si tiene conciencia se dar� por bien pagado. �Como que esa almilla me cost� una onza, como un ojo de buey, en la tienda de Pacheco!


-Yo no entiendo de tracamandanas, se�or D. Dimas. V�ngase conmigo y guarde sus palabras en el pecho para cuando est� delante de mi amo.


Y en esto expir� el minuto, y Lilit se ech� al hombro a Tijereta, col�ndose con �l de rond�n en el infierno. Por el camino gritaba a voz en cuello el escribano que hab�a festinaci�n en el procedimiento de Lilit, que todo lo fecho y actuado era nulo y contra ley, y amenazaba al diablo alguacil con que si encontraba gente de justicia en el otro barrio le entablar�a pleito, y por lo menos lo har�a condenar en costas. Lilit pon�a orejas
de mercader a las voces de D. Dimas, y trataba ya, por v�a de amonestaci�n, de zabullirlo en un caldero de plomo hirviendo, cuando alborotado el Cocyto y apercibido Satan�s del laberinto y causas que lo motivaban, convino en que se pusiese la cosa en tela de juicio. �Para ce�irse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!


Afortunadamente para Tijereta no se hab�a introducido por entonces en el infierno el uso de papel sellado, que ac� sobre la tierra hace interminable un proceso, y en breve rato vio fallada su causa en primera y segunda instancia. Sin citar las Pandectas ni el Fuero Juzgo, y con s�lo la autoridad del Diccionario de la lengua, prob� el tunante su buen derecho; y los jueces, que en vida fueron probablemente literatos y acad�micos, ordenaron que sin p�rdida de tiempo se le diese soltura, y que Lilit lo guiase por los vericuetos infernales hasta dejarlo sano y salvo en la puerta de su casa. Cumpliose la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satan�s una prueba de que las leyes en el infierno no son, como en el mundo, conculcadas por el que manda y buenas s�lo para escritas. Pero destruido el diab�lico hechizo, se encontr� D. Dimas con que Visitaci�n lo hab�a abandonado corriendo a encerrarse en un beater�o, siguiendo la a�eja m�xima de dar a Dios el hueso despu�s de haber regalado la carne al demonio.


Satan�s, por no perderlo todo, se qued� con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla. Por eso cualquier constipadito vergonzante produce en ellos una pulmon�a de capa de coro y gorra de cuartel o una tisis tuberculosa de padre y muy se�or m�o.


V


Y por m�s que fu� y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, muri� D. Dimas de buena o de mala muerte. Pero lo que s� es cosa averiguada es que li� los b�rtulos, pues no era justo que quedase sobre la tierra para semilla de p�caros. Tal es, �oh lector car�simo!, mi creencia.


Pero un mi compadre me ha dicho, en puridad de compadres, que muerto Tijereta quiso su alma, que ten�a m�s arrugas y dobleces que abanico de coqueta, beber agua en uno de los calderos de Pero Botero, y el conserje del infierno le grit�: ��Largo de ah�! No admitimos ya escribanos�.


Esto hac�a barruntar al susodicho mi compadre que con el alma del cartulario sucedi� lo mismo que con la de judas Iscariote; lo cual, pues viene a cuento y la ocasi�n es calva, he de apuntar aqu� someramente y a guisa de conclusi�n.


Refieren a�ejas cr�nicas que el ap�stol que vendi� a Cristo ech�, despu�s de su delito, cuentas consigo mismo, y vio que el mejor modo de saldarlas era arrojar las treinta monedas y hacer zapatetas, convertido en racimo de �rbol.


Realiz� su suicidio, sin escribir antes, como hoga�o se estila, ep�stola de despedida, donde por m�s empe�os que hizo se negaron a darle posada.


Otro tanto le sucedi� en el infierno, y desesperada y tiritando de fr�o regres� al mundo buscando d�nde albergarse.


Acert� a pasar por casualidad un usurero, de cuyo cuerpo hac�a tiempo que hab�a emigrado el alma cansada de soportar picard�as, y la de Judas dijo: �Aqu� que no peco�, y se aposent� en la humanidad del avaro. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.


Y con esto, lector amigo, y con que cada cuatro a�os uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento, deseando que as� tengas la salud como yo tuve empe�o en darte un rato de solaz y divertimiento.

martes, 29 de noviembre de 2011

HISTORIA DEL HIMNO A TACNA

Pasados cinco a�os de la recordada fecha de la Reincorporaci�n de Tacna se estim� que Tacna deber�a contar con un HIMNO especial, la idea vol� y pocos fueron los que recogieron la idea.

En una reuni�n de buenos amigos amantes de las Artes entre quienes estuvieron el Dr. V�ctor Bailen �ngulo Pro-fesor de Castellano, el Profesor Director del Anexo del Colegio Nacional de Varones Se�or Miguel Hurtado, el Se�or Alfredo Ulloa, Secretario de la Prefec-tura y el Profesor de M�sica Alberto D�az Robles, conversando del asunto, el Se�or Bailen dijo tener ya una letra a la cual dio lectura. motivando el momento se fueran a una "Parranda" a celebrar el acontecimiento. La letra estaba aprobada, y falta-ba la m�sica, se encarg� de ello el Profesor D�az Robles, y con plazo de 15 d�as la reuni�n volver�a a tener nuevo encuentro y ver las conclusiones.

Naci� luego la idea de o�rlo en piano y se pens� en la dama tacne�a Leontina Laura Mar�n, artista consagrada, qui�n al ejecutarlo dio su plena aceptaci�n.


EL HIMNO A TACNA
Ten�a partida de nacimiento ganaba adeptos y es hoy el Himno de batalla atracci�n, emotividad y realidad.


EL PRIMER HIMNO

El 28 de Julio de 1886. Vecinos patrio�tas caracterizados tuvieron la idea de formar una especie de asociaci�n que estrechara los lazos de confraternidad y mantuviera constante comunicaci�n del acontecer de los pueblos cautivos.

En el local de la Benem�rita Socie-dad de Artesanos el doctor Guillermo Mac Lean reuni� a varios patriotas quie-nes entre los principales acuerdos opi-naron tener un Himno propio, por lo que se design� al poeta y periodista tacne�o Modesto Molina para que sea el ejecutor de la idea y presentara el proyecto en sesi�n pr�xima. En sesi�n plenaria fue expuesto el proyecto con m�rito de ajuste del Him-no Nacional cuya m�sica ser�a la misma. Se aprob� en su integridad y se acord� la juramentaci�n inmediato que se realiz� de pie para o�r estas palabras "Jur�is aprobar y entonar como HIMNO DE TACNA que acabamos de aprobar" JURAMOS fue la respuesta. Un Viva el PER� Y VIVA TACNA sell� el acto.

domingo, 27 de noviembre de 2011

BACA FLOR, Carlos: (1867-1941).

Pintor peruano nacido en Islay. Hu�rfano a temprana edad, hubo de trasladarse a Santiago de Chile, donde concluy� sus estudios de secundaria e ingres� a la Academia de bellas Artes de dicha ciu�dad. A exigencia de que se nacionaliza�ra chileno, se vio obligado a retornar al Per� para partir, luego, a Par�s (1890) y, enseguida, a Roma para seguir estudios en la Real Academia de Bellas Artes de esa ciudad. En 1893 volvi� a Par�s, dedic�ndose a la pintura de cuadros diversos hasta que (1908) viaj� a Nueva York para ponerse a �rdenes del millonario John Pierfont Morgan. En esta urbe logr� su consagraci�n art�stica y mejora econ�mica; sus cuadros que no promueven la creaci�n de alguna corriente de pintu�ra, reflejan, sobre todo, escenas de la vida real lindantes con los aspectos religiosos, cos�tumbristas, de calles, paisajes, etc.; en ellos trasmite la fina sensibilidad de su arte.

ABASCAL Y SOUSA, Fernando de: (1743-1821)

Marqu�s de la Concordia. XXX-VIII Virrey del Per� que gobern� entre 1806 a 1816. Desde temprana edad ini�ci� su carrera militar siendo destacado, a partir de 1767, a las guarniciones del Caribe, Puerto Rico, Santo Domingo y La Habana, hasta 1797 en que fue nom�brado Capit�n General de Guadalajara (M�xico). En 1804 fue designado como virrey de Buenos Aires, pero estando en camino hacia ese lugar, se le indic� que su nombramiento hab�a sido trasla�dado al Per� por c�dula del 10.11.1804. Despu�s de un largo viaje hizo su en�trada en Lima (20.08.1806). Le toc� gobernar en �poca dif�cil, cuando la efervescencia de la revoluci�n in-dependentista de hispanoam�rica se encontraba en su apogeo. Aplic� su inteligencia, saga�cidad y tino para sofocar todo in�tento emancipador, tanto dentro del virreinato perua�no como del exterior, con virti�ndolo en el centro de la reacci�n espa�ola, as� no prosperaron los movimientos de � Lima, Tacna, Moquegua, Hu�nuco, Huamanga y Cuzco y, de igual manera, los dirigidos por los patriotas argenti�nos en el Alto Per� entre 1811 a 1815. Derrot�, asimismo, los esfuerzos inde-pendentistas de las Juntas de Gobierno de Chile, Chuquisaca y Quito. Puso de manifiesto su fidelidad al rey espa�ol Fernando VII, cuando �ste fue destro�nado por Napole�n Bonaparte, pese a todo, Abascal sigui� gobernando en nombre del monarca. En el orden in�terno construy� el cementerio general de Lima (1808), fund� el Col. de Medi�cina de San Fernando (1809), reabri� el Col. de El Pr�ncipe (1810) y form� el regimiento de la Concordia Espa�ola en el Per� (1811). Convencido de que la emancipaci�n de Am�rica hispana estaba pr�xima, solicit� su cambio, siendo sucedido por don Jos� Joaqu�n de la Pezuela (1816).

ABANCAY

Prov. del Dpto. de Apur�mac creada por ley de 28.04.1873 que la se�par� del Cuzco. Superficie: 3 160 km2. Poblaci�n: 72 324 hab. (calculada a 1990: 77 342 hab.). Cap. Abancay a 2 399 m. s.n.m. con 19 100 hab., ubicada sobre la margen der. del r�o Abancay, afluente del r�o Pachachaca. La ciudad fue fun�dada en 1574 con el nombre de Santiago de Abancay por el Visitador Ruiz de Estrada. El territorio de la Prov. abarca la vertiente izq. del r�o Apur�mac y la parte inferior de la cuenca del Pacha-chaca. Clima: c�lido-templado en las quebradas y fr�o en la cordillera. En la antig�edad la regi�n, que significa "va�lle de azucenas", fue habitada por la feroz tribu de los chancas, encarnizados rivales de los incas qui�nes los sometie�ron en tiempos de Pachac�tec. Durante las guerras civiles entre los conquistado�res, y en las afueras de la ciudad, tuvo lugar (12.07.1537) el encuentro entre las fuerzas de Diego de Almagro y el capi�t�n pizarrista Alonso de Alvarado que termin� con el triunfo del primero. Pro�ducci�n: papa, trigo, ma�z, cebada; ga�nado vacuno, lanar y auqu�nidos; indus�tria de aguardientes y peque�a miner�a.

EL CARAJO DE SUCRE - Tradiciones en Salsa Verde - Ricardo Palma

El mariscal Antonio Jos� de Sucre fue un hombre muy culto y muy decoroso en palabras. Contrastaba en esto con Bol�var. Jam�s se oy� de su boca un vocablo obsceno, ni una interjecci�n de cuartel, cosa tan com�n entre militares. Aun cuando (lo que fue raro en �l) se encolerizaba por grav�sima causa, limit�base a morderse los labios; puede decirse que ten�a lo que llaman la c�lera blanca.


Tal vez fundaba su orgullo en que nadie pudiera decir que lo hab�a visto proferir una palabra soez, pecadilIo de que muchos santos, con toda su santidad, no se libraron.


El mismo Santo Domingo cuando, crucifico en mano, encabez� la matanza de los albigenses, echaba cada "Sacre nom de Dieu" y cada taco, que hac�a temblar al mundo y sus alrededores.


Quiz�s tienen ustedes noticia del obispo, se�or Cuero, arzobispo de Bogot� y que muri� en olor de santidad; pues su Ilustr�sima, cuando el Evangelio de la misa era muy largo, pasaba por alto algunos vers�culos, diciendo: Estas son pendejadas del Evangelista y por eso no las leo.


S�lo el mariscal Miller fue, entre los pro-hombres de la patria vieja, el �nico que jam�s emple� en sus rabietas el cuartelero !carajo!


El juraba en ingl�s y por eso un "God dam!" de Miller, (Dios me condene), a nadie impresionaba. Cuentan del bravo brit�nico que, al escapar de Arequipa perseguido por un piquete de caballer�a espa�ola, pas� frente a un balc�n en el que estaban tres damas godas de primera agua, que gritaron al fugitivo:


--!Abur, gringo p�caro!


Miller detuvo al caballo y contest�:


--Lo de gringo es cierto y lo de p�caro no est� probado, pero lo que es una verdad m�s grande que la Biblia es que ustedes son feas, viejas y putas. !God dam!


Volviendo a Sucre, de quien la digresi�n milleresca nos ha alejado un tantico, hay que traer a cuento el aforismo que dice: "Nadie diga de esta agua no beber�".


El d�a de la horrenda, de la abominable tragedia de Berruecos*, al o�rse la detonaci�n del arma de fuego, exclam� Sucre, cayendo del caballo:


--!Carajo!, un balazo...


Y no pronunci� m�s palabra.


Desde entonces, qued� como refr�n el decir a una persona, cuando jura y rejura que en su vida no cometer� tal o cual acci�n, buena o mala:


-!Hombre, qui�n sabe si no nos saldr� usted un d�a con el Carajo de Sucre!


(*) Berruecos: despoblado en Colombia, en donde fue traidoramente asesinado el general Sucre, haci�ndose fuego desde unos matorrales acultos.

La Pinga del Libertador - Ricardo Palma

Tan dado era Don Sim�n Bol�var a singularizarse, que hasta su interjecci�n de cuartel era distinta de la que empleaban los dem�s militares de su �poca. Donde un espa�ol o un americano habr�an dicho: �Vaya usted al carajo!, Bolivar dec�a: �Vaya usted a la pinga!


Hist�rico es que cuando en la batalla de Jun�n, ganada al principio por la caballer�a realista que puso en fuga a la colombiana, se cambi� la tortilla, gracias a la oportuna carga de un regimiento peruano, varios jinetes pasaron cerca del General y, acaso por halagar su colombianismo, gritaron:
�Vivan los lanceros de Colombia! Bol�var, que hab�a presenciado las peripecias todas del combate, contest�, dominado por justiciero impulso: �La pinga! �Vivan los lanceros del Per�! Desde entonces fue popular interjecci�n esta frase: �La pinga del Libertador!
Este p�rrafo lo escribo para lectores del siglo XX, pues tengo por seguro que la obscena interjecci�n morir� junto con el �ltimo nieto de los soldados de la Independencia, como desaparecer� tambi�n la proclama que el general Lara dirigi� a su divisi�n al romperse los fuegos en el campo de Ayacucho: ��Zambos del carajo! Al frente est�n esos pu�eteros espa�oles. El que aqu� manda la batalla es Antonio Jos� de Sucre, que, como saben ustedes, no es ning�n pendejo de junto al culo, con que as�, fruncir los cojones y a ellos�.


En cierto pueblo del norte exist�a, all� por los a�os de 1850, una acaudalada jamona ya con derecho al goce de cesant�a en los altares de Venus, la cual jamona era el non plus ultra de la avaricia; llam�base Do�a Gila y era, en su coversaci�n, hembra m�s c�cora o fastidiosa que una cama colonizada por chinches.


Uno de sus vecinos, Don Casimiro Pi�ateli, joven agricultor, que pose�a un peque�o fundo r�stico colindante con terrenos de los que era propietaria Do�a Gila, propuso a �sta compr�rselos si los valorizaba en precio m�dico.


Esas cinco hect�reas de campo -dijo la jamona-, no puedo vend�rselas en menos de dos mil pesos.
Se�ora -contest� el prepotente-, me asusta usted con esa suma, pues a duras penas puedo disponer de quinientos pesos para comprarlas.


Que por eso no se quede -replic� con amabilidad Do�a Gila-, pues siendo usted, como me consta, un hombre de bien, me pagar� el resto en especies, cuando y como pueda, que plata es lo que plata vale. �No tiene usted quesos que parecen mantequilla? S�, se�ora.


Pues recibo. �No tiene usted chanchos de ceba? S�, se�ora.
Pues recibo. �No tiene usted siquiera un par de buenos caballos?


Aqu� le falt� la paciencia a don Casimiro que, como eximio jinete, viv�a muy encari�ado con sus buc�falos, y mirando con sorna a la vieja, le dijo:
�Y no quisiera usted, do�a Gila, la pinga del Libertador?


Y la jamona, que como mujer no era ya colchonable, considerando que tal vez se trataba de una alhaja u objeto codiciable, contest� sin inmutarse: D�ndomela a buen precio, tambien recibo la pinga.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Palla-Huarcuna - Tradiciones Peruanas

�Ad�nde marcha el hijo del Sol con tan numeroso s�quito?


Tupac-Yupanqui, el rico en todas las virtudes, como lo llaman los haravicus del Cuzco, va recorriendo en paseo triunfal su vasto imperio, y por dondequiera que pasa se elevan un�nimes gritos de bendici�n. El pueblo aplaude a su soberano, porque �l le da prosperidad y dicha.


La victoria ha acompa�ado a su valiente ej�rcito, y la ind�mita tribu de los pachis se encuentra sometida.


�Guerrero del llautu rojo! Tu cuerpo se ha ba�ado en la sangre de los enemigos, y las gentes salen a tu paso para admirar tu bizarr�a.


�Mujer! Abandona la rueca y conduce de la mano a tus peque�uelos para que aprendan, en los soldados del Inca, a combatir por la patria.


El c�ndor de alas gigantescas, herido traidoramente y sin fuerzas ya para cruzar el azul del cielo, ha ca�do sobre el pico m�s alto de los Andes, ti�endo la nieve con su sangre. El gran sacerdote, al verlo moribundo, ha dicho que se acerca la ruina del imperio de Manco, y que otras gentes vendr�n en piraguas de alto bordo a imponerle su religi�n y sus leyes.


En vano alz�is vuestras plegarias y ofrec�is sacrificios, �oh hijas del Sol!, porque el augurio se cumplir�.


�Feliz t�, anciano, porque s�lo el polvo de tus huesos ser� pisoteado por el extranjero, y no ver�n tus ojos el d�a de la humillaci�n para los tuyos! Pero entretanto, �oh hija de Mama-Ocllo!, trae a tus hijos para que no olviden el arrojo de sus padres, cuando en la vida de la patria suene la hora de la conquista.


Bellos son tus himnos, ni�a de los labios de rosa; pero en tu acento hay la amargura de la cautiva.


Acaso en tus valles nativos dejaste el �dolo de tu coraz�n; y hoy, al preceder, cantando con tus hermanas, las andas de oro que llevan sobre sus hombros los nobles curacas, tienes que ahogar las l�grimas y entonar alabanzas al conquistador. �No, tortolilla de los bosques!... El amado de tu alma est� cerca de ti, y es tambi�n uno de los prisioneros del Inca.


La noche empieza a caer sobre los montes, y la comitiva real se detiene en Izcuchaca. De repente la alarma cunde en el campamento.


La hermosa cautiva, la joven del collar de guairuros, la destinada para el serrallo del monarca, ha sido sorprendida huyendo con su amado, quien muere defendi�ndola.


Tupac-Yupanqui ordena la muerte para la esclava infiel.


Y ella escucha alegre la sentencia, porque anhela reunirse con el due�o de su esp�ritu y porque sabe que no es la tierra la patria del amor eterno.


Y desde entonces, �oh viajero!, si quieres conocer el sitio donde fue inmolada la cautiva, sitio al que los habitantes de Huancayo dan el nombre de Palla-huarcuna, f�jate en la cadena de cerros, y entre Izcuchaca y Huaynanpuquio ver�s una roca que tiene las formas de una india con un collar en el cuello y el turbante de plumas sobre la cabeza.
La roca parece art�sticamente cincelada, y los naturales del pa�s, en su sencilla superstici�n, la juzgan el genio mal�fico de su comarca, creyendo que nadie puede atreverse a pasar de noche por Palla-huarcuna sin ser devorado por el fantasma de piedra.

sábado, 20 de agosto de 2011

D�a de la Reincorporaci�n de Tacna a la Patria

D�a de la Reincorporaci�n de Tacna a la Patria
La "Heroica Ciudad de Tacna", denominada as� por su inigualable historia que da fe de su amor al suelo patrio y que se ve plasmado en el car�cter patri�tico de su gente, el 28 de agosto conmemora un aniversario m�s de su Reincorporaci�n al Per�, despu�s de haber permanecido ocupada por los chilenos por casi cinco d�cadas luego de la guerra con Chile. El motivo es m�s que suficiente para brindarle siempre un merecido homenaje.


Hasta antes de la guerra del Pac�fico, el Per� no ten�a l�mites con Chile sino con Bolivia. La derrota peruana en esta infausta guerra ratificada con el Tratado de Anc�n permiti� la ocupaci�n de Tacna y Arica por parte de




Chile durante algunos a�os, al t�rmino de los cuales se realizar�a un plebiscito para definir la soberan�a de cada una de ellas, si quer�an pertenecer al Pa�s del sur o continuar�an siendo parte del territorio peruano. La �chilenizaci�n� de Tacna y Arica se inici� cuando la C�mara de Diputados de Chile rechaz� el Protocolo firmado entre Per� y Chile.


�Cuanto sufrieron los peruanos en dichas provincias! Sus escuelas fueron cerradas, los maestros sufrieron persecuci�n, expulsaron a los sacerdotes peruanos, hostilizaron a los trabajadores peruanos en el puerto de Arica oblig�ndolos a abandonar el trabajo y luego el territorio.


En Tacna se concentraron grandes fuerzas militares. A los peruanos se les neg� el derecho de reuni�n, de izar la bandera nacional y celebrar el aniversario patrio. Se agrega tambi�n el cierre de peri�dicos peruanos, el reclutamiento de j�venes peruanos al ej�rcito chileno y la confiscaci�n de todos los bienes de nuestro compatriotas.


Pero todas estas acciones no cumplieron sus cometidos, muy por el contrario robusteci� el esp�ritu patrio de los tacne�os. La pol�tica de �chilenizaci�n� fracas�.


El 12 de diciembre de 1921, la Canciller�a invit� al Gobierno Peruano a realizar un plebiscito que fue rechazado por el Per�, pero acept� los oficios de los Estados Unidos. En enero del a�o siguiente ambas naciones presentaron sus respectivos alegatos, y es hasta el a�o de 1925 en que se expidi� el Laudo Arbitral desfavorable al Per�, ya que ordenaba la realizaci�n del Plebiscito y la devoluci�n de Chile de Tarata y Chilcaya, lo que causo duras criticas por parte del Gobierno y el pueblo peruano.


Finalmente se firm� un Tratado definitivamente por el cual Chile reintegrada al fin a la soberan�a del Per�, Tacna, e indemnizada por seis millones de d�lares en Arica, acord�ndose levantar en el Morro un monumento a la Paz y construirse en la zona norte de la bah�a un puerto peruano.


El 28 de agosto de 1929 termin� el cautiverio. Por el Tratado de Lima, Tacna qued� para el Per� y Arica para Chile. Los tacne�os no declinaron su peruanismo, que estaba muy dentro de ellos en su sangre, en su alma y el su rostro. Prefirieron y lograron retornar al Per�, pese a las dificultades que sufr�an. Ese hecho singular es muy significativo para los peruanos y para el mundo, porque pudo m�s el amor que las tragedias y promesas, la lealtad se impuso a las conveniencias, le patriotismo derrot� a la turbia negociaci�n. Pues, la Patria no se compra ni se vende, se defiende.


La conducta tacne�a es digna de una epopeya. Al agresor tambi�n se le doblega y vence con el coraz�n y la inteligencia. Para los alienados pueden ser �stos un chauvinismo cuando lo ven con sus ojos de enga�ado, pero para quienes sienten orgullo de su identidad nacional es un s�mbolo de fe y de esperanza colectiva que todos la valorar�n a trav�s de los siglos.


Esta efem�rides nacional es celebrada por el pueblo de Tacna todos los 28 de agosto, con la procesi�n de la Bandera y donde se renueva el juramento a nuestro amado bicolor nacional.

LOS POLITICOS SE VAN, PERO QUEDAN LOS SOLDADOS.

LOS POLITICOS SE VAN, PERO QUEDAN LOS SOLDADOS.

El retorno de los cad�veres de los soldados que entregaron su vida por la defensa de la Patria querida, siempre ser� motivo de homenajes, de profundo reconocimiento de su pueblo.
Parten presurosos los cortejos f�nebres, una multitud formada por madres, hijos y ancianos acompa�an con respeto, con doliente pena a los heroicos soldados que entregaron su vida en la Batalla de el Alto de la Alianza, la ciudad ocupada ve partir a aquellos bizarros combatientes que se enfrentaron con decisi�n y coraje a un enemigo superior.
De ellos queda la sangre regada en las alturas del Intiorco, el recuerdo doloroso en los cautivos, sus sagradas osamentas retornan a la Patria querida, con el adi�s postrero de una multitud dolida, pero segura que el cautiverio no doblegara el esp�ritu inmenso de fidelidad a la Patria.